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Mas Testimonios sobre María Laya

Publicado por Eduardo López Sandoval
Eduardo López Sandoval
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en Martes, 12 Febrero 2013 en JOROPO
El poeta Fleitas Beroes ( ensombrerado) y su hijo menor

"Vivió muchos años en Camaguán un sacerdote nacido en Guijón, España, quien por la frustración del amor de su vida, abrazó la carrera de sacerdocio y menospreció sus prerrogativas de su noble linaje y las comodidades de Europa para venir a sepultarse en las inciviles comarcas de América. Escogió a Camaguán, allí se envejeció. Se hizo uno más del pueblo y asimiló a su diario vivir las virtudes, defectos y vicios de los criollos. 

 

 
Se hizo eco de las desgracias de los moradores del pueblo. Del bolsillo de su sotana fluía del dinero para remediar toda clase de necesidades y cuando una madre o un padre carecía del “fuerte” para abonar el rito del bautismo, él servía de padrino y pagaba el estipendio establecido por la Iglesia. De ahí que la mitad de los niños en el Camaguán de aquella época, de 1880 a 1900, eran ahijados del “padre” Juan Antonio Menéndez Infierta. 
 
Era muy humilde en su vivir. Su domicilio era la sacristía de la iglesia. Como se hizo uno del pueblo, adquirió el vicio de la noble y sabrosa caña aragüeña que llegaba a Camaguán, primero en arreo de burros y más tarde en las carretas de Don Félix Romero y Antonio Valladares. Este vicio no fue obstáculo para que aquel párroco hiciese una obra cristiana que todavía perdura en el corazón de los sobrevivientes de aquella generación. 
 
Calle de por medio estaba situado un techo de palmas y paredes de bahareque, que fungía de Casa Parroquial, allí vivía la india Juana Laya. Hoy en el mismo sitio está la casa parroquial pero edificada en mejores condiciones y reconstruida hermosamente, gracias a la piedad fervorosa de doña Aurora Fleitas Beroes de Hurtado, hermana de Germán Fleitas Beroes.
 
Juana Laya era una india alta y elegante, era la repostera del pueblo; sus dulces los consumían todas las clases sociales y además las camisas blancas de cuello y puños postizos, las arreglaba que era un primor y cuando se celebraban las grandes festividades religiosas o nacionales, era un orgullo lucir una camisa “arreglada” por Juana. Era la ama de llaves del Padre Infierta, le atendía en la comida y el aseo de la ropa. 
 
Juana tuvo varios hijos: Juanita, blanca, fina y bella. Benicio, de color indio como su madre a quien salvé de ahogarse en el Caño “Toquito” de La Unión de Barinas; frisábamos en los 13 años, cuando lo vi ahogándose, me lancé y llegué a él con cuidado, que no me agarrase; le di cabezazos por el costado hasta que lo llevé al manglar donde nos agarramos y salimos a la orilla. No lo vi más. Manuel, hijo de don Félix Fernández, fuimos y somos grandes amigos, su padre se lo llevó para Apure. El día que se fue, a pesar de nuestra corta edad, nos abrazamos y lloramos juntos. Nos volvimos a ver 60 años después aquí en San Juan de los Morros. Eladio Bastidas me presentó a él diciendo: “aquí está un paisano suyo que desea verlo, don Manuel Laya, rico ganadero de Camaguán”. Un abrazo largo y un largo silencio, alzamos la vista, nuestros ojos estaban rojos pero secos. El peso de tres cuartos de siglo, el escabroso camino que hemos transitado, las sinrazones humanas, y el dolor de las heridas recibidas en el cuerpo y el alma, secaron las lágrimas. Después de la muerte de su padre, ya envejecido, recogió su ganado y con su familia se vino a su lar nativo, para vivir sus últimos días en paz y sepultar sus huesos en el rojo arenal de Camaguán, su patria chica. La última hija de Juana Laya se llamó María; era el antípoda de su madre. De sin par blancura, cabellos rubios como el oro, nariz aguileña, estatura regular, boca grande, ojos claros, como Victoria Eugenia, última reina de España que cantó Andrés Eloy Blanco así: “Desde Isabel que forma la escuadrilla, hasta Victoria de los ojos claros”. Así eran los ojos de María Laya y voz hombruna. Como era inquieta y muy inteligente se iba con sus hermanas al “Refugio”, posesión pecuaria del “padre” y allí “enrejaba” becerros, ordeñaba, montaba a caballo, pastoreaba, hacía el queso, y ayudaba a los peones en el diario trajín de la quesera. 
 
Mi madre quería y apreciaba en gran manera a esta rubia muchachita que la ayudaba en el planchar y quehaceres de la casa. María estaba preparada para triunfar en el llano. “las malas lenguas" decían que era hija del “Padre”. Cuando éste murió y poco después Juana, María se fue para el Alto Apure. 
 
Nosotros fuimos a vivir al pueblo de La Unión de Barinas. Anualmente mi padre me enviaba a las fiestas patronales de Camaguán, bajo el cuidado de don Hermenegildo Ríos, padre de Cupertino Ríos; un año con ocasión de estas fiestas me encontré con María en una baile que daba Cupertino. Estaba hermosa y muy desarrollada, vestía un traje azul celeste que le “asentaba” muy bien con su belleza rubia; me abrazó cariñosamente y le envió muchos recuerdos y cariños a los míos, me dijo que había traído sus vacas y se radicaría en “Charco Azul” en terrenos de Banco Largo; bailamos varios pasajes de la cosecha de mi “compay” Cupertino, cenamos y nos separamos para no verla más. 
 
Vivía en La Unión un primo de Cupertino que tocaba el arpa primorosamente, su nombre se me escapa de la memoria, solo recuerdo que una madrugada en la “Cueva del Sapo”, al terminar de tocar un baile, por motivos pasionales, Jesús Rodríguez le asestó una puñalada en pleno corazón y lo mató. El arpa la heredó Manuelito Pérez Acosta, su hermano menor, quien llegó a ser un gran arpista enseñado por Cupertino. Manuelito amenizaba las fiestas que se celebraban en “Montaño”, “Rivero”, “Charco Azul” y otros vecindarios cercanos al Hato Banco Largo, propiedad de don Ramón Torrealba Wilches, abuelo de Juan Vicente Torrealba, el célebre arpista “que no se le oye el bordoneo”. En una de esas fiestas, Manuelito conoció a María Laya, se “amañaron” y de aquella “maña” o unión nació un hijo que creo que vive en La Unión de Barinas. 
 
Cuando usted le pregunta a mujer en Barinas si es casada y ella vive en concubinato, le contesta, “no, amañá”.
 
Cuando Manuelito locamente enamorado de María, le habló de ella a Cupertino, éste le dijo, “vamos a dedicarle un pasaje” y entre los dos crearon un pasaje que tituló “María Laya”. La letra la escribió Manuel Hurtado Rondón, que nació y vivió a dos cuadras al norte donde nació la señora madre de Juan Vicente Torrealba, doña Esperanza Pérez Maica de Torrealba, para aquella época, a una cuadra al oeste está la Casa parroquial. A dos cuadras hacia el oeste, donde nació Mariano Hurtado Rondón, vivió su infancia Julio García y de allí una cuadra hacia el norte, nació y discurrió su infancia Germán Fleitas Beroes. 
 
María Laya vivió muchos años en La Unión de Barinas, Manuelito Pérez Acosta, creo que vive todavía muy anciano y ciego. María debe estar sepultada en el cementerio de La Unión, o bajo la hermosa corpulencia de aquellos samanes milenarios, digna tumba de una mujer que llevó en sus venas la sangre bravía de tres razas, la africana, la india y la ibérica. Salí de mis llanuras en 1930: Caracas, Barquisimeto, Maracaibo y otros lugares absorbieron mi vida, me fui a Estados Unidos y regresé a mi patria, pero no volví a mi patria chica, sino después de una ausencia de 20 años. ¿Cual fue la suerte de esos amigos de juventud?¿Están vivos o murieron? No lo sé. Sólo sé que su recuerdo refresca mi alma como refresca el cuerpo la suave brisa de los atardeceres de mis llanos… 
 
Germán, estas líneas son escritas al estilo de una carta, su valor: ingenuidad y sinceridad
 Julio"
Tomado textualmente de los manuscritos dejados a Germán Fleitas Beroes, por Julio García. 
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