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LA LEYENDA DE APURE

Publicado por VIVENCIAS LLANERAS
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en Sábado, 09 Febrero 2013 en VIVENCIAS LLANERAS

LA LEYENDA DE APURE

Lecturas del Apure Legendario

Francisco Castillo Serrano 

La luna de abril inundaba de claror la sabana, las ribazones de coporos borboteaban en el majestuoso padre río, la playa repleta de tortugas simulaba cuentas de un rosario silencioso en oración al Dios grande de las aguas, nubes de garzas y corocoras pincelaban el cielo azul, infinito y prístino, jugueteando con los rayos del amanecer, embelleciendo la sabana en su esplendor.

La brisa fresca de la mañana acariciaba el tostado rostro de Apur quien sobre la barranca del padre ünibe, río, dominaba la llanura perdida en el horizonte. Desde lejos la imagen del guerrero deslumbraba por entre los rayos del sol naciente, mientras el canto de alcaravanes quebrantaban la melodía silenciosa de aquella inmensa soledad. Guayuco de lienzo resinoso, una manta terciada hecha de palma de moriche teñido con savia de paraguatán, cubrían el hermoso cuerpo otomaco de Apur, rojizo, por la unción ritual del onoto, y rigurosamente adornado con dientes de caimán, conchas, caracoles, huesecillos de mono, semillas, esqueletos de coleópteros y “la quiripa”, multitud de cuentas cruzadas a medio lado.

El estoico Apur lucía imponente sobre la torrentera, pensativo, melancólico, perdida la mirada, mientras un corro de canoas surcaban las aguas terrosas tras el huidizo valentón, fácil presa para el arpón y la flecha.

El espíritu del agua, de las cosas, de los animales, de las plantas, de las piedras, de los bosques, de ánimas benéficas, transmutaron como en la evolución mitológica en Dioses maléficos y vinieron con la noche hace muchas lunas. Kerre, la luna de su culto divino les mostraba en sus movimientos la regulación del tiempo, las bases de su cronología, y su legendario origen indígena en las pléyades y demás constelaciones siderales.

En el último culto a la madre luna, Apur y sus hermanos achaguas, cuibas, taparitas, guahibos, chiricoas, guamos , sálivas, yaruros y otomacos, tomaron arrebatadamente sus armas, corrieron y gritaron sin compás, aporrearon sus flechas contra los arcos en señal de indignación, rogaron y pidieron a la madre luna que no muriera; y por más súplicas, por mas llanto ella iba menguando, decreciendo sensiblemente sin darse por entendida, huyeron a sus chozas , lloraron la enfermedad de luna; las mujeres ofrecieron clamores y cantos, para que luna se alentara y no feneciera. Conjuros, dádivas, alhajas, cuentas de azabache y vidrio, collares y preseas; ruegos y mas ruegos, y como hechizada, la luna se conduele y va recobrando su luz mientras prosiguen las plegarias, quedando entonces entera y clara, y agradecido Apur celebró con sus hermanos cuya voz poderosa enterneció y movió a luna a volver sobre sí y no morirse.

En el último culto, turbonadas, truenos y centellas visitaron el erial de Apur, la madre luna se ocultó tras la bruma por siete soles, siete días tenebrosos que impedían ver su luz, Apur armado de arco y flechas lanzó retos a erre, el sol, por la libertad de su madre kerre , la luna, las mujeres arrojaban a la luna brazaletes para invitarla a volver de su eclipse, vertiendo lágrimas infinitas a fin de enternecerla, APur lanzaba cuchilladas al aire en ademán de rasgar el velo de la luna, cavó la iba, tierra, y extrajo las semillas que sería desafortunadas y no germinarían sin la presencia de la madre; turbó el sueño de los niños para que no les saliesen paños lunares en el rostro, porque la opacidad de la luna consiste en un derrame de sangre. Apur siguió desconsolado por la muerte de su madre luna, tomó el arco y su carjac y corrió desesperado hacia las altas montañas guiado por el oripopo y el viento fresco de la sierra, subió la empinada cresta e imploró a la madre luna, retornara a su llano, a su vida; luna no escuchó el lamento y Apur gritó desesperado sobre los riscos de los páramos y lloró desconsolado con dolor lacerante; lágrimas copiosas rodaron por su rostro fluyendo entre las rocas de la hermana tierra; aún solloza Apur y su llanto alimenta el torrente de los chamas, los torbes, uribante y caparo, que inundan la sabana con su pena, portadora de muerte y soledad, y cuando la hermosa kerre, luna, para calmar la aflicción de su hijo, muestra su hermoso rostro en algunas noches de invierno, Apur, convertido en espejo de sabana inundada refleja su claridad indicando a su pueblo el retorno de la madre esquiva y eterna.

Nota:  las palabras indígenas son de lengua achagua

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